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Estaciones (fragmento)Prosa poética
Tengo mis libros en las manos. Una eternidad contemplando los volúmenes tras las vitrinas, con luz al sesgo incidiendo, deshaciéndose en los universos cromáticos. La sempiterna magia de los libros. Uno puede en la espera, en la estación, acercarse a los estantes y embriagarse del regusto de paisajes imposibles, o de personajes que nos buscan con sus manos de papel coloreado. Dentro de la gruta iluminada, el carrusel de la Casa de los Libros. Partir, partir ahora hacia los países que no engañan de sus páginas (que no nos duelen tanto). Acaso se insinúe en la cubierta un sueño de atardeceres de color púrpura en el país de los acantilados (no existente y EXISTENTE). O tal vez un universo mecido entre mares verdes, planetas que estremecen la fibra de la boca y el estómago. Con mis libros, en este mundo clausurado, suficiente. ¿Viajar? Hay trayecto bastante en deslizarse por las profundidades de uno mismo. O por las simas y los cielos de los libros. Suficiente intentar aprehender la luz que preside nuestro silencio. Suficientes estos mundos combados sobre sí y, al mismo tiempo, abiertos al infinito. Estaciones, resúmenes de nosotros mismos, corazones nuestros amplificados, ofrecéis mundos completos, realizados, todo está en vosotras, como en los mundos engendrados, cobijados por los libros. Uno podría esperar así. Podría hacerlo indefinidamente. Contemplar los viajes expresados en los libros, alzar de vez en cuando la vista y asistir al abigarrado desplegarse del río de los hombres: familias seguras y maletas, jovenzanos con sus mochilas desfilando, guardias imperturbables, niños voceando o corriendo por sus caminos, botellas de agua acariciadas, humildes bocadillos cuyo aroma compartimos a distancia, muchachas hablando una lengua que tal vez lográsemos identificar si nos acercásemos también nosotros a la tienda de regalos y souvenirs. Estaciones: mundos realizados y, sin embargo, plataformas; están los hombres que esperan, ansían y viven. Yo no me voy, pero querría hacerlo; también yo vivo de sueños. Por eso aguardo, porque la espera es aire y esperanza y no me da cansancio. El tren restalla como un adiós en la distante boca de la estación, vuela después (volará sin duda) como un pájaro sobre puentes o abismos, se deslizará como una lagartija al borde de los acantilados, contra los que la mar se quiebra blanca, acompañará en su marcha a algún río caudaloso, sentirá su batir sordo de cetáceo, ondulará casi tocando la cara verde u ocre de sus aguas, huirá conmigo al país de los trigos, henderá sus océanos, oteará contemplativo una caseta por todos olvidada, lejana, donde podría aún habitar nuestro silencio. Insinuarán las vías una curva hacia mis sueños... No, no llegará ese tren, nunca, a mi país: yermos y minas. Sin embargo, también mi tierra es atravesada por las vías. Pero son vías que rematan junto a minas de lignito, junto a hombres soterrados, con manos y caras tiznadas de negrura. Vías sólo muertas. Se acercan ávidas desde centrales térmicas. Atraviesan, primero, el páramo de piedra: se llama Saso, Gran Saso, se extiende por las llanadas que semejan desiertos. (Otro nombre: también lo llaman Desierto de Atalaya). Aquí los trenes, aún con los vagones sin sus chepas de mineral, atraviesan el fuego de las piedras, desamparados, o bien en los inviernos la soledad blanca de las extensiones nevadas. Kiruna planetaria. Más tarde viene el domino de los montes, el reino escondido de las minas; las vías y los trenes se entierran entonces entre barrancadas como cortadas a pico, túneles viejísimos, escombreras, canteras abandonadas pobladas por el eco desgarrado del chillido de los grajos. Al cabo, los montes desaparecen de sopetón, se yergue al fin la luz y silentes maquinistas columbran los castilletes de las minas, van atravesando lentamente con sus ojos montañas de carbón de todos los tamaños, pilas de traviesas viejas, caseticas de guardavía con sus cristales rotos, barracas y pabellones de madera negreada por los humos. Final. Los trenes se detienen junto a la estación de las minas. Deshabitada, gélida. Hasta allá nunca llegarán los trenes que se anuncian, los trenes que parten. Sin embargo, esa es mi tierra. No lejos de las turberas y el nombre de las minas ("Escuriza", "Fresquera", "Santa Bárbara"), las casas, las calles, años que se adhieren a ellas. ¡Cómo es posible tal densidad de aromas tramados en el aire! Porque allá cada rincón está rubricado con un instante de lo que fuimos: aquí, aquel día de tormenta, me embriagué de olor a lluvia o amor; o unos metros más hacia esta parte, ahí aprendí las redondeadas primeras letras, en ese edificio de piedra. O en esa fuente, con sus caños de forja representando leones, abocando su agua sobre cántaros, sobre el frescor de las losas siento aún el tacto y las voces de la amistad. O más allá, la ventana aquella bajo cuyo recuadro de luz... Estas calles... recordándome a mis padres. Y las afueras. Se abren hacia despoblados, los caminos tienen prisa por dejar el pequeño rumor de los hombres. Uno puede vagar en las páginas del yermo como en las hojas de los libros cuando en hazas u hortales ya no queda mucho por hacer o cuando todo está vacío, las habitaciones, el hogar sin rescoldo. Da tristeza contemplar largamente la soledad oscura de los zócalos. Entonces es un bálsamo el umbral que se abre: los caminos subiendo hacia los páramos, proyectándose hacia nortes no habitados (sí, Kiruna), hacia círculos polares y hacia nieblas. Aun en su soledad, o tal vez gracias a ella, es hermoso todo aquello, irreal y REAL al mismo tiempo, como en la tierra de los libros. Uno podría darlo todo por vivir allá, uno podría vivir y contentarse con muy poco, alimentándose de trigo e higos. Juan Bielsa |
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