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Paisajes rotos

Paisajes limpios, paisajes ingenuos,
bellísimos, de mi juventud,
ya no vivís ante mis ojos.

Yo os recorrí, paisajes muertos, vivos
ahora sólo en idea, os acaricié
como se acaricia a la mujer
primera, os amé
como un enamorado en su juventud
y en su eternidad, como un río joven
se abandona en las cascadas.

Dejé el colegio algunos años;
era mi adolescencia.
Y fueron entonces mis maestros
los desiertos y los caminos blancos,
y me acogieron en su iglesia
los montes solitarios
que se yerguen en mitad de las llanuras
como ermitas. Allí el aire
está lleno de olores de los cielos,
aromas en flor de romeros, espliegos o tomillos.
Una oración, allí, es un perfume de frescor.

Y me adentré en los vallejos secretos,
como si fuesen claustros
conduciéndome a la Paz. Allí el viento
es amor entre pinares y carrascas.
Allí al atardecer gruñen jabalíes
y erizan la quietud que acordaron las aves.
Allí, dentro de las antiguas casetas de pastores,
derruidas, crece una hierba corta, suave y tersa
como musgo. Aquí juegan
las rabosas con sus crías.

Y busqué la luz azulada de amor
que exhalan, a distancia, las montañas,
la Mujer que vive en ese mar, la Mujer
inmaterial que lo elevaba todo,
o tal vez era un Hada.

Y medité junto al estanque verde,
absorto en lejanías,
al borde de un mundo que se fue.
En la limpidez honda de las aguas,
se zambullía el silencio
entre un croar intermitente.

Pero ya no viven los paisajes que amé.
Ahora sé
que también mueren los caminos,
las montañas y los soles.
Ya no existe mi universo de raíces
y veo escombros en toda la belleza
que adoré.

Y recojo mis paisajes rotos,
como un niño sus tesoros,
mi desierto con su soledad,
con sus montes que se elevan
sobre el mundo,
el silencio absoluto
de mis vallejos, donde leía
libros en lenguas casi muertas
y donde eternamente
oraba el viento o algún pájaro.

Recojo el estanque en mi memoria.
Fue vallado y destruido. Ya no existe
el agua ni aquel verde silencio.

Recojo al Hada en su casa azul,
allá, a lo lejos.

Y en el corazón, sólo en el corazón,
recreo desiertos, montes, vallejos, hadas,
todo el universo que entendí
y que fue amor,
sólo en el corazón lo pintaré,
allá donde no existe
el odio o la locura, y donde nada
es alcanzado por las manos del horror,
allá donde el tiempo no deshace
lo más elevado de los sueños,
donde no crecen ni luces ficticias
ni amores de barro ni sombras
devorando la belleza.
Allí, en mi interior y en tu interior,
recrearemos la Luz de nuestras vidas,
con paisajes más hermosos que los mundos.


Juan Bielsa


 

Nota.- En este poema se emplea alguna palabra peculiar de Aragón, como rabosa, que en amplias zonas de la Península Ibérica equivale a la raposa, y que en un castellano más estándar se corresponde con el animal conocido como zorra.



 

 
 

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