Solemnemente doy las gracias
a las generaciones que me precedieron
en esta tierra mía.
Dejaron tras de sí,
como un regalo magnífico,
los paisajes más hermosos.
Paisajes cuya belleza
sólo un buen Dios pudiera describir
con justeza.
Pero todo acabó.
En esta generación, los hermosos paisajes :
destruidos, o siendo destruidos,
o amenazados.
Creo que el futuro de la Tierra
pertenecerá a una nueva raza de humanos
que pueda vivir sin paisajes bellos,
vivir sin ellos y no morir
de dolor o de tristeza,
o que pueda tolerar
el imperio de la nada
o las tierras arrasadas.
Aquel mundo caducado...
Recuerdo: volvía
de visitar los paisajes en el crepúsculo,
hermosísimos,
de contemplar llanos y yermos
y pequeños valles, música fresca en los trigos,
y pinares religiosos y olas de flores como mares
en hazas o almendreras.
Volvía del centro del silencio.
Mi gata venía a recibirme, la gata solitaria
de los campos, feliz en su reino,
o bien la encontraba algunas veces
encaramada a un árbol,
con su mirada en éxtasis orientada al crepúsculo.
Hubiera querido, entonces,
sumar sus grandes ojos verdes a los míos
para desvelar definitivamente
el misterio del cielo empurpurado,
o de todas las eternidades.
Tiempos que se hundieron
acompasando un ocaso espléndido.
Era el país de la belleza...
Pero todo acabó con el fin
de los bellos paisajes.
Ahora sé que mi tiempo remató,
que vivo de prestado
en un mundo que dejó de ser mío.
Por eso ahora cada día
es un regalo ciertamente asombroso
y asisto perplejo al final de las cosas,
al estallido dolorido y último
de luces de la vida,
como gotas llorando sobre rosas cortadas.
Por eso ahora recojo,
con un gozo extrañamente agónico,
el presente que se me ofrece
en algún rincón humilde
pleno aún de tierra amorosa, perdido
como yo más allá de este tiempo,
exhalando todavía sus tesoros
en el límite de la destrucción,
ignorando todavía en su sueño,
en su inocencia,
que ya todo acabó.
Juan Bielsa